La finitud se cierne sobre las cabezas, los elefantes murmuran canciones tristes y yo desarmo castillos como una niña terrible.
Ésta de las manos sucias soy yo.
La finitud se cierne sobre las cabezas, los elefantes murmuran canciones tristes y yo desarmo castillos como una niña terrible.
Ésta de las manos sucias soy yo.
Las manos juntas y escondidas entre las piernas, la cara que se desvía de la pantalla y mira hacia la ventana sucia, la taza de café vacía, las uñas mordidas, las manos resecas, la panza sonando, las gafas rayadas y los elefantes en sus jaulas.
Mientras la gente afuera parece armar rápidamente el rompecabezas, elefantes y yo, tan inacabados, nos miramos las manos/patas y las piezas sin saber qué hacer con ellas, si botarlas al piso, o morderlas hasta que queden como una masita olorosa a babas, o recomenzar desde cero y por los bordes a buscarles un orden.

Así están las cosas. Aun no tengo un mínimo de motricidad gruesa, los objetos se me caen de las manos como si tuviera dedos de mantequilla. Lo de culpógena nunca se fue, ni en los detalles más minúsculos. Ya tengo algunas arrugas y quejas de más.
Ésta es la cara de los 28 años, la que en las fotos se traga una década pero en persona no tanto. La de los elefantes boquisueltos, la desfachatez de quitar y poner y las gastadas pesadillas infantiles.
Árboles muy altos, carros muy cerca, noches muy cortas, bocas muy secas, tareas muy largas, canciones muy cortas, letras muy pobres.
A los elefantes y a mí nos entretiene la idea de lo invisible. Lo discutimos un rato, sopesamos las consecuencias de todas las cosas etéreas que acumulamos, nos enfrascamos un poco en el tema porque alguno creyó ver un pajarito pero no, y se nos va la mañana en eso y en las piedritas que recogimos de la playa, y en rascarnos las quemaduras del sol que con dificultad comienzan a sanar.
El ánimo un poco perverso, sólo un poco. Sería bueno salir a rayar las paredes, tomarse una cerveza a la mañana y caminar con unos buenos audífonos y la música muy pero muy alta.
Irse tantito a la mierda, tal vez llevar una maleta.
En algún momento dejé de ser la muchachita que se besuquiaba en los parques con el novio de turno, para ser la que pasa por el lado nostálgica y sigue de largo al trabajo.
Entonces de alguna manera las premoniciones y las lecturas de cartas coinciden con estos días en los que parece haber un sendero demarcado del que mis pies saben más que yo.
Es justo no abrazarse al momento y seguir transitando, medio a tientas medio sabiendo, acompañada de elefantes y con poco equipaje.
Pero nos gusta mayo, que siempre trae buenos aires y lluvias más dulces. Y que esta vez comenzó con una carretera frente al mar y árboles de forma humana.
Parece haber más luz entre los malabares diarios.
Odiamos el mes de abril y las promesas incumplidas y el sonido de la pólvora y las manos resecas y la gente pretenciosa y a Quito en las tardes y el reconocimiento de los olvidos que se instalan.
Los elefantes se burlan de mi tozudez, de esta tontería de seguir decepcionada y dolida por los mismos motivos de siempre. Monotemática señorita me gritan, niña envejecida lloretas y tonta, se ríen.
Hay que limarse las uñas para no salir a rasgarle la cara al primer ser humano que pase por en frente. Para mantener el delicado equilibrio que implica responder afirmativamente y con una sonrisa mientras esa masa oscura hace combustión adentro, y se abre paso por entre las barreras que he puesto para que no salga y termine dejando a todos los títeres sin cabeza.
Tengo una mujer bailando en la cabeza, creo que la conozco y que la forma en que se mueve me recuerda a alguien.
Vaya uno a saber si la de las visiones, la del torso desnudo y los pies descubiertos.
Será posible.
Quién lo diría.
Y así vamos, las flores desperdigadas por el fango y los cerdos con sus pezuñas groseras aplastándolas, sepultando las pocas cosas sacras que aun sobreviven. Cerdos de sierra y elefantes importados de sabana, así es como vamos.
La memoria saturada de caminar sobre flores muertas y sentirme al menos por unos días en casa, alejada de esta sierra que me mira con desconfianza y me sabe ajena.
Comienzo de año sin rituales y sin cartas de navegación, pidiendo a los dioses que la vida me sorprenda gratamente, y que el champagne derramado en la ropa redunde en buenos augurios. Más alerta que en los últimos meses, con las uñas pintadas de rojo, con los ojos vidriosos y de pronto un poco anémicos, con las manos hormigueantes a la espera de todo el quehacer que se avecina.