Darle a todos estos escombros un compartimento,
ordenarlos por colores,
por cantidad de lágrimas,
por escala de dolor,
por lo alto del grito,
por densidad de decepción.
En todo caso no me retracto de las renuncias, esas había que hacerlas, la vida toda gritaba hace tiempo que eran necesarias. Y es que si uno no puede apostar todo para qué el juego entonces, para qué acumular partidas no terminadas, cuál es la promesa?
Llegado el momento hay que abandonar el gusto por los puntos suspensivos, volverse terminante, entregarse, como en la lucha, a triunfar o a morir.
La ropa tendida moviéndose con el viento, las montañas salvaguardando mi nueva casa de besos y risas. Sin duda esta es la cara de la felicidad. La nueva ciudad, el nuevo amor, la nueva piel. La novedad misma toda la vida.
Las plantas de tomate en la ventana creciendo hermosas frente al sol, el agua corriendo y las montañas tan altas. La vida en una nube, la nube en pantalones con su gran sonrisa, los elefantes correteando libres y en manada mientras repaso llantosrisasrecuerdossorpresas y demás… no hay duda de que respiro.
Días con muchas horas, horas con muchos dedos. El sombrero de Sabina. Los calzones en la cartera, la levedad, tan anhelada, justo en la sien.
La finitud se cierne sobre las cabezas, los elefantes murmuran canciones tristes y yo desarmo castillos como una niña terrible.
Ésta de las manos sucias soy yo.
Las manos juntas y escondidas entre las piernas, la cara que se desvía de la pantalla y mira hacia la ventana sucia, la taza de café vacía, las uñas mordidas, las manos resecas, la panza sonando, las gafas rayadas y los elefantes en sus jaulas.
Mientras la gente afuera parece armar rápidamente el rompecabezas, elefantes y yo, tan inacabados, nos miramos las manos/patas y las piezas sin saber qué hacer con ellas, si botarlas al piso, o morderlas hasta que queden como una masita olorosa a babas, o recomenzar desde cero y por los bordes a buscarles un orden.

Así están las cosas. Aun no tengo un mínimo de motricidad gruesa, los objetos se me caen de las manos como si tuviera dedos de mantequilla. Lo de culpógena nunca se fue, ni en los detalles más minúsculos. Ya tengo algunas arrugas y quejas de más.
Ésta es la cara de los 28 años, la que en las fotos se traga una década pero en persona no tanto. La de los elefantes boquisueltos, la desfachatez de quitar y poner y las gastadas pesadillas infantiles.
Árboles muy altos, carros muy cerca, noches muy cortas, bocas muy secas, tareas muy largas, canciones muy cortas, letras muy pobres.
A los elefantes y a mí nos entretiene la idea de lo invisible. Lo discutimos un rato, sopesamos las consecuencias de todas las cosas etéreas que acumulamos, nos enfrascamos un poco en el tema porque alguno creyó ver un pajarito pero no, y se nos va la mañana en eso y en las piedritas que recogimos de la playa, y en rascarnos las quemaduras del sol que con dificultad comienzan a sanar.
El ánimo un poco perverso, sólo un poco. Sería bueno salir a rayar las paredes, tomarse una cerveza a la mañana y caminar con unos buenos audífonos y la música muy pero muy alta.
Irse tantito a la mierda, tal vez llevar una maleta.
En algún momento dejé de ser la muchachita que se besuquiaba en los parques con el novio de turno, para ser la que pasa por el lado nostálgica y sigue de largo al trabajo.
Entonces de alguna manera las premoniciones y las lecturas de cartas coinciden con estos días en los que parece haber un sendero demarcado del que mis pies saben más que yo.
Es justo no abrazarse al momento y seguir transitando, medio a tientas medio sabiendo, acompañada de elefantes y con poco equipaje.
Pero nos gusta mayo, que siempre trae buenos aires y lluvias más dulces. Y que esta vez comenzó con una carretera frente al mar y árboles de forma humana.
Parece haber más luz entre los malabares diarios.