Mañana hay una exposición importante, el lunes otra en la que le apuesto a mi futuro.
El libro en curso está precioso.
Hoy se acaban las noches pacíficas en la casa; vuelven los abuelos las normas el volumen bajito los platos ordenados.
De algún modo está alcanzando el tiempo, no sé como pero voy bien con la entrega de informes, esta semana debería darme algún premio por tanta disciplina.
La lectura de metro avanza de lo más entretenida, ya casi no miro a la gente, de pronto lo malo es que mi torpeza se potencializa, pero no me importa.
La tristeza está latente, por momentos me despierta y es de nuevo temblor en las piernas y arritmia, pero tengo el trabajo que me abarca y las palabras ajenas que me exoneran de la responsabilidad de cuestionar.
No hay nada más que lo que veo, no busco más que esto.
“Pero resulta ahora que la noche, la helada y otras cosas así han ido juntándose, me hacen pensar mucho y seriamente en nosotros, recordar algunas historias que no pueden repetirse, afortunadamente, porque al fin de cuentas sólo somos buenos para luchar uno contra otro, legalmente claro, y hacerse el mayor daño que sea posible”.
Juan Carlos Onetti – Tierra de Nadie.
Posdata:
Monólogo bizantino.
La ocasión hace al ladrón y el ladrón busca naderías, transparencias.
Frontal, cóncava, obtusa, simultánea. Improbable, así como mi intento de inocencia.
Indagando en las evasivas, frunciendo el ceño y acercando la vista, a ver si doy con el fragmento que imagino.
La cándida tontería.
Una lectura de cartas intransigente.
Alguna vez guardé mi fe en un frasquito violeta.
Ensayo y ERROR, cosas que pasan.
Insuficiencia verbal: enfermedad crónica y degenerativa.
Anécdotas sosas, levedad camuflada. Me aburro.
La opresión en el pecho no es de dolor, es cansancio y de pronto un resfriado por tanta exposición a climas malsanos.
No quiero ruido.
Quítese los zapatos antes de entrar. Duermo.
Letargo posconversacional. Mensaje a la madrugada y ajuste de cuentas vencidas que ya se daba por hecho no iban a ser saldadas.
Pero el deudor recuerda más a veces, y vuelve -no cancela intereses claro-, pero sí el monto inicial.
Buen gesto.
Sentarnos a mirar un punto equidistante y regalarnos sonrisas inmunizadas, desmovilizadas, algo infértiles.
Justicia divina, balance cósmico cómico de tan tardío. Lo que sea. Un paz y salvo.
Aniversarios de paradojas, ayer acumulados.
Tinta nueva, tinta extraviada, tinta gastada.
Microclimas emocionales, como los pisos térmicos colombianos. En 3 horas cambia todo el paisaje.
Casi no duermo anoche, me tomé un té, y luego otro, y luego me puse las bolsitas en los ojos para disimular los estragos del bajón que me fue llegando en el bus – vertiginoso, inexorable -. El remedio estético casero no sirvió de nada. Esta cara me delata.
Hoy tengo excusa para salir temprano, voy a esconderme en las cobijas. A guardarle una tarde al luto de Abril.
Chubascos de verano, la canción esa que me gusta pero que ahora no me acuerdo.
Huele a tierra húmeda, me gusta ese olor. Me siento en paseo a tierra fría, como chiquita y como corriendo y jugando con arena, tarritos vacíos y florecitas.
Y sus jotas en mi oído deben ser parecidas a este momento de alivio y esperanza en esporas.
Los goterones de agua retumban en el techo, y yo tengo ganas de salir a empaparme para llegar luego a la casa, quitarme la ropa y bañarme. Y dormir arrullada por ese ruido de ciudad cuna traído hasta aquí, y tomar café después de la siestita y mirar por la ventana y soplarle al vidrio para empañarlo y hacerle dibujos.
Gritar y saltar y desperezar el aliento.
Me quiero comer la vida.
Y acaba de llegar de manera inverosímil la risa, y ya no me puedo concentrar; y quiero soltar una carcajada inmensa…. y me tiembla la bocaaaaaaaaaaaaaa.
El lenguaje precario, las palabras se anulan unas a las otras, multiplicadas por miles y al final por cero.
Y ni las ruinas son honradas como patrimonio histórico.
Saquearon los templos y burlaron las estatuitas -que no eran nada, pero eran todo-, evidencias inútiles con brillantes de imitación y lata en vez de metales preciosos.
… Ensañarse con vejestorios empolvados. Increíble. Me da tantita risa, y una mueca en la boca.
Sabiduría popular: “Ya mató la vaca, ¿y se va a asustar con el cuero?
Ayer no leí, fui a tomar cerveza como cuando estaba en la universidad y podía emborracharme entre semana y luego madrugar. Igual no llegué hasta allá, sólo fueron 3, en 2 horas de colegaje y buena conversación.
Tengo los zapatos gastados, tengo un pasme encima que me mantiene como a
Trabajo en piloto automático y de algún modo funciona.
Los abuelos se fueron esta mañana, hoy llego a cocinar con música a todo volumen.
Al menos está la posibilidad de adueñarme de las paredes inquilinas por 8 días.
Grado Cero. La apnea duró unos segundos, todo el tiempo cerré los ojos. Predecible caos, sin mayores secuelas.
La gravedad eventualmente actúa en mi beneficio.
Tengo las manos untadas de glicerina, guantes como último recurso.
Hay una noche pendiente, un teléfono que sonará el 23.
Cartas que huelen a océano, un verano que traerá visitantes.
Luna nueva.
Parte la vejez de la casa y desde el jueves tendré un receso de compañía oportuno.
Mi quietud se verá recuperada.
"Ahora sí nos incomodamos bien".
Guardar basura en los bolsillos, guardar calendarios viejos en la billetera, el tiquete de una buena película, un pedacito inofensivo de papel, un fósforo viejo y sin cabeza, o la huella en tinta de mi pie acabada de nacer.
Crónicas no escritas.
Cicatrices exógenas.
La uña transparente y la granadilla, el soldadito valiente junto a los juguetes.
Se ve bonito cuando la bolsita de té toca el agua y la va tiñendo despacito, y el olorcito virgen se levanta. Entonces se toma la taza con las dos manos para calentarlas y se acerca la cara a la infusión y se dice uno tristes verdades al oído; como por ejemplo que el soldadito está hecho de papel, y de un extremo ya está todo agrietado.
Yo elijo ser una crítica a la razón indolente con pecas.
Yo escojo irme en bus por las noches y darle la vuelta a la ciudad en vez de viajar la mitad del tiempo en metro.
Y me voy de jeta contra el planeta cuantas veces se me antoje, ¿Por qué? Porque se me antoja. Porque prefiero eso a una robótica mirada sin alma.
Me gusta morderme los dedos y comerme el borrador de los lápices, quedarme trabajando hasta las 8 de la noche y a ratos encerrarme los fines de semana.
Es mi problema.
Me quejo con frecuencia, pero más aun me río.
Es lo que se me da la real gana.
Ayer iba caminando a mi casa desde el metro repitiéndome –piensa algo bueno-. Es una tontería que me impongo cuando siento venir el caos y la flema mental. Eran como las 7 de la noche y yo me daba palmaditas en el hombro con los buenos libros que he leído y leeré, con el trabajo que me gusta tanto y con el café y las dos chocolatinas que me comí después de almorzar como postre.
El ejercicio comienza con motivos de lo más consecuentes y termina con alguna estupidez, algo como –podría ser peor, podría caerme aquí mismo y perder todos los dientes por darme contra el andén-.
Si, si… a veces no me choca el ser patética, me da risa y de eso se trata porque esquivo así la desazón de siempre y los hastíos nocturnos.
Y en esas estaba cuando se me acercó un tipo que acababan de asaltar, el brazo le sangraba y apenas pudo hablarme para pedirme plata para volver a su casa. Lo ayudé modestamente y salí despavorida.
Después de eso no tuve una experiencia redentora ni nada por el estilo, se me fue la burla y terminé más deprimida, -en efecto suele ser peor-.
Hoy otra madrugada de desenfoques, si alguien sabe de remedios caseros contra las pesadillas que me pase el dato. Urge.
Regalo
Un amigo del sur
me ha enviado una manzana
demasiado hermosa
para comerla de inmediato.
La tengo en mis manos:
es pesada y redonda
como la tierra
Jorge Teillier
Tequila 1, tequila 2. No podemos evitar este aire de “living la vida loca” los publicistas.
Hay un soldadito sobre mi escritorio, el celular y sus registros de nuevos personajes, los consabidos periódicos, mi billetera modesta.
Ayer un resabio del baile, unos bucles y unos años ladrones de imágenes que me son enormemente tentadores. Es el cambio de mes, es abril reivindicándose por las pérdidas históricas.
Se siente la emancipación, el despojo de la decencia.
“Los sucesos fortuitos tienden a suceder todos juntos”.
Migración de corazón. El viernes me palpita en las venas.
Espero el domicilio para almorzar, termino de hacer uno que otro remiendo.
Esta mañana un descuido más de esos que caracterizaron la semana, una alegoría de todo lo que hay por olvidar.
En todo caso por esta vez no seguiré planeando discursos que podría no decir.
La noche promete entretenida, citando a Radiohead: -sin alarmas, ni sorpresas-.
Manos mimetizadas, luces en la frente y el mentón, un perfume viajero y muchas claraboyas que sólo pueden darle un silencio en el espacio.
Extemporánea, con las fechas en recreo y buscando respuestas en laminitas de chocolatinas. No hay agua aromática en la oficina y no quiero tomar café porque me acelera.
Y dale con los trayectos amarguetas en buses.
Just like heaven y The Cure lacerándome la panza de lo dulce e irreal, dos puestos adelante una cabeza perfecta y unas rastas colgando. Reflejo en la ventana, otra humanidad recostada. Esas travesías de regreso al hogar matizadas por tráfico y anonimato tienen su feeling.
Luego los abuelos la casa y sus escapularios; mi abuela -su preciosa ingenuidad- me dio un San Antonio y escondió al muchachito de plástico. Me encanta esa simpleza de los viejos, yo me reí a carcajadas y vi como lo instalaba en la repisa con airecito ceremonial.
Hoy precipitaciones mañaneras, la sombrilla rota y una cara sardónica en el metro.
Todo de lo más aleatorio.
De vuelta al trabajo, juiciosa y concentrada. Soy la periodiquienta.
Cambio de puesto en la oficina, menor el tortuoso aire acondicionado, compañeros provisionales: puntos, rallas y un detestable animal print.
Va a llover, el aire está denso como siempre que llueve aquí. En esta ciudad la lluvia no refresca, levanta vapores.
Tengo un papelito arrugado sobre la mesa y una cura en el dedo índice de la mano izquierda –a ver si dejo la costumbre de morderlo-. El papelito sobre la mesa me recuerda que después de todo hay ojos que están mirando una misma cosa; la cura es una reprimenda a mi ansiedad.
Ayer en la noche el eterno rayito de sol hizo su manifestación capitalina: yo iba en un bus y él me contaba cosas y yo me reía mientras miraba por la ventana.
Horas después un sueño con fantasmas indirectos, el primero en dos últimas semanas; no pienso atender a la mala señal.
La casa sigue solitaria pero nos estamos llevando mejor.
El trabajo ha dejado de pesar.
Me compré otros zapatos de niña con la punta de charol. Va a llover y se van a mojar.
Surcos en remplazo de ojos y hielo entre las cobijas. Nariz roja de inútil fin de semana festivo.
Cocina lacrimosa y pastillas escarlatas.
Visita de tarde sólo para seguir llorando en compañía.
Hoy embotada por la gripa y la pérdida de líquidos, a paso de levitante.
El atrevimiento del repaso, la cabeza agachada y las dudas deshonrosas.
(Música de lejitos, al otro lado de la pared el sonido no me llega a los oídos sino al corazón).
Tres agüitas de canela en lo corrido del día. Olas en las orejas, rodillas forajidas y mi cartera que parece un mantel verde con una flor marchita colgada.
Hoy no muy complacida con el aire acondicionado, este frío inducido es una metáfora impecable.
Se vienen los días festivos y yo estaré sola, estigmatizada. Mirando la ciudad que nunca terminará de recibirme; mirándome la cara las manos y las pecas nuevas; cocinando poquitos unipersonales; demorándome en la ducha y sacando a ventilar la tristeza.
En algún punto vuelvo a tener esa sensación de ser inadecuada en toda parte; como una ficha de lego con defecto de fábrica, de esas que dañan el juego porque no caben y se cagan la linda casita que venías construyendo.
Yo sé que es idiota, pero es que me rebota el chiste fácil y la cordialidad de mentiras y me dan ganas de mirar con cara de púdrete un poquito por favor. Y no me gusta la besuqueadera y la diapositiva final de mis proyectos que dice Gracias!!!, para mí basta con cumplir el trabajo y ser diplomática, soy una bogotana antipática que ha aprendido a moderarse y a sonreír como con vaselina untada en diente… pero es que grrrrr, a veces eso ahoga.
Y el error debe ser mío, no? Total es el modus vivendi de mi carrera proxeneta del consumo. Yo me metí en este cuento…
El lector puede notar que ando en medio de una pataleta, ya no son frecuentes, pero persisten, en los 300 post de este blog son mi marca registrada.
Dolor de rodilla izquierda.
Apesta a algún químico en la pecera, tengo los ojos irritados y un improbable adormecimiento en la nariz.
Hoy tantito confinada a la imaginación, difidente de la realidad.
Creciente necesidad de bibliotecas y silencios, cortinas cerradas, largas horas durmientes o películas vespertinas.
Tal vez desempolve los roces y en los próximos días disminuya el ostracismo, (eventualmente) y entre los antojos incluya una visita de madrugada.
Ayer la abuela dio un paso más en su empresa de ser "moderna", le enseñé a enviar correos desde su estrenadísimo computador sólo para que muy de mañanita llamaran sus hijas –mis tías- a recalcarle la inutilidad de la tecnología en la tercera edad. Me dio hasta pesar con mi señora abuela, tan desesperada ella por ocupar su tiempo y sentirse útil, cómo será su afán de no sentirse anulada.
Inicié la jornada entonces con el terror que me produce la vejez, subiendo las escaleras opuestas del metro (mmmm…que arriesgada) , con la herida de la torpeza en el brazo, con los pantalones que ceden lentamente por los kilos que se invierto en esto de ser publicista y tener un puestito de nombre rimbombante: Ejecutiva de investigación y competencia.
Llegando a la oficina un guayacán pintó de amarillo la calzada, según el ranking esa es mi imagen preferida de marzo.
En la pecera a veces abro ventanas pero no me asomo; la cabeza entre el trabajo y la hora de receso.
Terminando el almuerzo, pasa el único sujeto que me resulta medianamente interesante en la agencia (es altísimo y tiene una espalda ideal).
El día segmentado en dos, agitación de entregas mañaneras y la tarde con sus minutos de casa vieja.
La oficina despejada, los periódicos en el depósito y el cronograma de la semana que viene ya programado. Minucia en el uso del tiempo, no metro en las noches para descansar de la luz blanca, mejor un bus mugriento pero felizmente oscuro, el aislamiento de la ventana en el penúltimo puesto de la fila izquierda. Hace un momento la vocecita trasatlántica que a ratitos me acompaña.
La misiva impertativa por escribir, la cama que me recibirá pesada y a medio-desvestir, con el reloj puesto y el celular mudo a la mano. La cerveza que me entrará en unos minutos casi obligada porque lo que menos se me antoja es licor.
Hoy probablemente hay fantasmas en mi tierra, hoy yo debería ser la humedad de su nariz roja, sus dedos cianóticos por el frío de la sabana... pero no lo soy.
Las almohadas no están cumpliendo su tarea supletoria, las noches se enrarecen a tal punto, que me siento en zona de combate. Sueño insuficiente, pesadillas antagonistas y sobresaltos de madrugada.
Y claro, los efectos colaterales no dan espera: la fatiga crónica no es aconsejable para el volumen de trabajo actual, tanto café me va a perforar la panza, el exceso de apetito me hace sentir culpable.
Si me fuera concedido un deseo, me encantaría que esta agüita de cidrón tuviera lugar en la sabana de mi alma, apenas unas horas balsámicas para retomar fuerzas. Leer noticias como la de las señoras en la isla de la fantasía que le hacen los puntos a los dados, o la de los niños con un ojo azul y el otro negro… esas cosas macondianas que hacen que todo tenga sentido.
DipD
Aunque es incierto el destino de la misiva anterior, de alguna forma me siento redimida de tanta catástrofe.
Me concentraré pues en la avalancha de trabajo.
El piloto automático ya está encendido.
“Es extraño como a veces se pone punto final a las relaciones. Siempre se cree que uno inscribirá la última palabra en los libros con una rúbrica florida; nunca se piensa en el autómata que cancela las cuentas mientras uno duerme. Se lleva una contabilidad doble, de lo más estricta. Hay como para sentir escalofríos, está todo maravillosamente calculado.”
Henry Miller – Sexus
Si está leyendo el texto en curso es porque me decidí a abrir umbrales y hacer aclaraciones obvias.
Le presento mi muro de lamentaciones, durante casi dos años repartidos entre el 2005 y el 2007, he escrito aquí mi versión de la historia.
Si se anima a leer me encontrará monotemática, cursi, infantil, indignada, desolada y delirante a ratos; pero cierta entre las omisiones. –Si-, muchas mentiras, pero también verdades desgarradoras y toda la impotencia del mundo. Personajes entrando y saliendo, algunos de los que nunca tuvo noticias; otros que se imaginó… y claro, por supuesto usted, una sombra perpetua, un fantasma ignorante de su condición.
Sólo sé que el poner en sus manos esta información es una catarsis que me debo, no me interesa lo indiferente que le sea.
No espero retroalimentaciones, si llegan las asumiré con toda la conciencia de mi responsabilidad en ellas.
Finalmente le hago una honorable entrega del último bastión de su recuerdo.
Adiós Mi Señor Sorpresa, remedo de poeta maldito, Adiós mi amor.
Mouth
Bush
you gave me this
made me give
your silver grin
still sticking it in
you have soul machine
soul machine
the longest kiss
peeling furniture days
drift madly to you
pollute my heart drain
you have broken at me
broken me
all your mental armor drags me down
nothing hurts like your mouth
your loaded smiles
pretty just desserts
wish it all for you
so much it never hurts
you have soul machine
stone at me
all your mental armor drags me down
we can't breathe when you come around
all your mental armor drags me down
nothing hurts like your mouth mouth
mouth
your mouth mouth mouth
your mouth mouth mouth
we've been missing long before
never found our way home
we've been missing long before
where we'll find our way
you gave me this
made me give
you have soul machine
broken free
all your mental armor drags me down
we can't breathe when you come around
all your mental armor drags me down
nothing hurts like your mouth mouth
mouth
your mouth mouth mouth
your mouth mouth mouth
all your mental armorall your mental armor
and your mouth
mouth
(...) llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. (...)
Cali, marzo 4, 1977 (El día de su suicidio)
Candidata a infarto a los 24 si siguen las taquicardias.
La urticaria de los días, la roña en la memoria, las pesadillas clarividentes.
La cordura que se me va de a poco, el vidrio delgadito y yo dando saltos.
Turbación durante el receso, sin brújulas, sin puertas ni ventanas.
Me asusta esta nausea.
Copias mal hechas, recortes sin motricidad.
Impermeabilizada, una tortuga presa de su caparazón.
El licor tan desabrido y las canciones elegíacas; las sonrisas como muecas y los coqueteos grosera injuria.
Ni siquiera nostalgia el día de hoy.
La película de desdén lo cubre todo, descabeza a quien se atreva a acercarse, si me piden un beso rompo una mandíbula.
La historia de los pingüinos estuvo bonita, pero ya sé -no es más que una fábula-.
Y después de dos años de inactividad pictórica, hoy volví a sentir el vértigo. Llegaron las imágenes de camino al trabajo: -colores, formas, líneas que pienso plasmar-. Ésta vez no dejaré que se me escape el arte de las manos, lo abrazaré tal como he acogido a las letras.
Voy a ganarle la pugna a este vacío estacionado en mi puerta.
Te helado. La tarde esteparia y lenta.
Camino pateando una piedrita, con la monotemática canción que adopto en tiempos de limbo.
El cerro de revistas se abalanza sobre mí y me arrincona en el escritorio: una labor más, otro sinsentido profesional.
Fotogramas por minuto, mi billetera atesorando noches extintas.
El teléfono es un bonito ornamento guardado al fondo de mi maleta.
3 horas de sueño, 6 tazas de café, dos vasos de Coca Cola, ojeras verde-azulosas, bostezos cada 5 minutos durante un período de 9 horas, 40 hojas de presentación en Power Point, manos resecas, palidez que denota Enfermedad Terminal, celular descargado, sinusitis crónica, el msn que ya no respondo, las cartas que se quedan sin escribir, la luz del sol que ya no me toca, las lámparas fluorescentes que estallan en el pc, los periódicos que aun no reviso, las renuncias que me he impuesto, los taconces que he adoptado, la risa cordial, los comentarios unilaterales a los que está prohibido contestar, los tiempos extras, los domingos y feriados refundidos, la comida de la abuela, la mala cara del abuelo, la falta de hermanos, la triste vida del asalariado, las lágrimas que se asoman en buses de noche, las carcajadas solitarias e imprudentes en la estación del metro, las ganas de sexo, la ausencia de sexo, las quejas y reclamos de mi eterno monólogo, el perfume en la ropa, los pantalones planchados, el calor de la tarde, zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz, plop, bof, mmmmmm, la adultez.
Primera reunión grandota en mi querido trabajo, que publicista me siento aquí en la pecera: corriendo, madrugando y descansando poco, repleta de información por almacenar y entregar, una piecita más del engranaje.
Hoy el almuerzo fue brevísimo, estoy tomando café mientras escribo y me dispondré a terminar el informe pendiente.
Tengo sueño y un intento de virus: el dolorcito de cabeza de hace 3 días y una ronquera que suena chistosa con esta voz de infante que me gasto.
Ayer en la noche suspiré por instantes... y es que hay mañas a las que es complicado renunciar –la nostalgia es una de ellas-;
De rojo y con antojos; cubriéndome el cuello como colegiala indecente.
Una semana que comienza con sonrisa y el firme propósito de no sucumbir a las polillas.
Es así que ignoraré cualquier insinuación de la fortuna y tomaré las riendas yo.
Lo bueno de este momento es que no tengo nada que perder.
Ya no me destruyas
Zoe
con tus mitomanías
no rasques mis alas
que me duelen.
Pastillas gigantes,
recámaras secretas
con luces obscenas,
sáquenme de aquí.
Y es triste aceptarlo
pero no vale llorarlo,
uno siempre recibe
lo que viene dando.
Ya no afiles las navajas
ya no me haces daño cuando me las clavas.
Ya no afiles los colmillos
ya no me haces daño cuando me desangras.
Ya no me destruyas más.
Ya no me destruyas más.
Ya no me destruyas,
mejor desaparece,
no rasques mis alas
que me duelen.
No me destruyas más.
No me destruyas más.
No necesito más.
No me destruyas más.
Ya no afiles las navajas
ya no me haces daño cuando me las clavas.
Ya no afiles los colmillos
ya no me hacen daño cuando me los hundes.
Ya no me destruyas más.
Ya no me destruyas más.
Hilos, cartílagos diminutos que no sueltan; diálogos que se irán a los avernos. Con frugalidad de semoviente construyo un día para aniquilar al otro.
Miserable taquicardia de los terrenos baldíos. Bostezos, estornudos artificiales.
Marasmo de antaño.
Enérgico despertar, despedidas oníricas literales que vienen precisamente ahora, cronológicamente a tiempo si reviso el orden de mi vida. -Perfecto, me parece adecuado el corte sanguinario de los eventos-.
Mejor de ánimo, navego la pecera tantito más a gusto, gano celeridad y comienzo a darme el lujo de visualizar peldaños.
Ayer de camino al nuevo hogar me acompañaron irrisorias palmeras entre montañas y un bolero que amortiguó mis pasos.
Esta mañana vi un pájaro en caída libre y sentí las vías temblar mientras el metro se acercaba.
Las sensaciones nunca están demás.
52
Un corte no es el borde
de un cuerpo en el espacio,
ni el abismo que se abre
al final de la distancia,
ni la función de un filo contra algo,
ni el ejercicio de lo trunco.
Un corte es el infinito interrumpido,
el fracaso ancestral del infinito,
la fijeza para siempre de algo,
la antifigura del amor,
la forma práctica de la nada.
Un corte es el diafragma que
controla este pulso
que vaga sin misión entre los astros.
Un corte es como
un ceño que se frunce
para alisarse en el vacío.
Un corte es un infinito
roto en otro infinito.